miércoles, 17 de octubre de 2018

La segunda campaña de un espeleólogo, un poquito menos novato

Después de los magníficos días que pasé el año pasado con mis compañeros de Tracalet y del Flash, me quedé con ganas de volver a disfrutar de los vertiginosos paisajes de Bejes. Animado también por que este año el propósito era montar campamento arriba en el monte, y de que en el plan de trabajo estaba la continuación de la exploración de la famosa Topinoria, y del agujero que por pura chorra descubrió un novato el año pasado, la SN6, me enrolé de nuevo en la aventura cuevil de Picos. En la agenda también teníamos pendiente la falsa cueva de los quesos, trás el cual se adivinaba continuación de la cueva.

Por cosas de las vacaciones, acudí 2 días después. Arriba estaban ya: Jose Hevía, Gorge, y Cuadro por parte del Flash; y por parte de nuestros amigos valencianos del Tracalet, Paco y un ya restablecido Vicent al 200 % de capacidad y con ganas de darlo todo. Dos días después se incorporarían también desde Valencia, Salva, Arturo y Miguel.
Nuestro Juanillo no pudo participar este año por estar pachucho (¡¡ vaya rachita, presi...!!), pero nos dió todo su apoyo emocional desde Gijón y nos ayudó a bajar los pertrechos del campamento el último día (aunque para la comilona en La Gallega, no estaba malo el tío jodío...). Nos falló a última hora Antonio Pilón, que hubiese disfrutado como un enano con las riquísimas lentejas que nos hizo Vicent una noche, para cenar.


Como un señorito inglés de esos de las pelis de safaris que echaban por la tele el sábado después de comer (guiño para los puretas del grupo...), me encontré el campo base ya montado, con una tienda cocina-comedor y todo. Aquello tenía pinta de expedición de los documentales de la 2. Además, los compañeros ya habían instalado las cabeceras de pozo de la SN6 y de la Topinoria.

Como es normal ya en el interclub, y quizás por la pérfida influencia flashera, nada estaba fijado de antemano y todo se sometía a debate con despliegue de dudas, requiebros y cambios de opinión, por lo que los equipos de punta se decidían...después del desayuno, entre charla y debate acerca del pernicioso efecto de los hidratos de carbono sobre el metabolismo: ¿engorda más la insulina que dos arrobas de panceta?, ¿nos estamos envenenando con el azúcar que contiene un tercio de Cacola?, ¿llora un bebé de orangután cuando Hevia se come una palmera de chocolate?...

Lo único que siempre estaba claro era que a Hevia le tocaba la Topinoria (como tiene neopreno, je je je).

Así que con mucha ilusión y con las flamantes bobinas de cuerdas nuevas que adquirimos este año, los equipos de trabajo se disponían a añadir metros a los pozos.
Este año además, teníamos la novedad y el aliciente de una emocionante aventura naval en nuestra humilde y veterana barca hinchable, surcando el lago de barro de la Topinoria.



Al culminar el día y reunirse los equipos de exploración para compartir las impresiones de la jornada, los compañeros siempre respondían a la gallega: "Tenemos una noticia buena y otra mala...".
Las buenas, siempre eran que la cosa tiraba en ambas simas. En la Topinoria, el lago de barro se pudo surcar e incluso se encontraron más pozos y una espectacular sala al estilo cántabro. La SN6 no defrauda, y continua hasta los - 250 y siguiendo.



Entre las malas, que si en algunos sitios hay mucho barro, que si hay piedras que caen, algún estrechamiento que otro, un bloque del tamaño de un seiscientos que estorba el paso, y el naufragio de Vicent al rajarse el fondo de nuestra intrépida embarcación de goma. Afortunadamente el bote se pudo usar dándole la vuelta, no sin antes debatir en la tienda comedor las miles de posibles soluciones técnicas al problema naútico (Todavía no acabo de entender aquello de solucionar el naufragio con ¡¡¡ una cesta de fruta, o con bolsas de basura y cinta americana...!!!).

Hasta se topografió y todo.

Lástima que la prometedora "Falsa cueva de los quesos" se quedó en eso, en prometedora, porque tras pasar el paso estrecho, solo había una salita, eso sí, con bonitas formaciones. Por lo menos experimenté aquello de pisar por primera vez una parte de la tierra por un ser humano... je, je, je.

No faltó, como es tradición en toda campaña que se precie, rallie con la furgo de Gorge para ir a la comilona de fabes y cabrito en La Gallega. Este año, como Ana estaba más poética que de costumbre, nos libramos por poco de la historia del antropólogo inglés y su cuarentena en Nueva Guinea, pero nos regaló el oido con las asombrosas historias cinegéticas del borbón XII, anotadas en el diario de su bisabuelo. Y de postre después del banquete, bronca con el guarda y con el mísmísimo director del Parque Nacional, porque pretendíamos volver por la pista que discurre por una reserva de Urugüayos en peligro de extinción (preguntar a Gorge, que él os dá detalles del asunto).

No faltó la cena de despedida de campaña en La Hermida, en la que no falló el gran Chucho ni tampoco el cocido lebaniego (....¿o era el montañés?, el de las alubias, ¿cual era?).

Y tampoco faltó dormir después de la cena de fin de campaña, en ese templo del ronquido compartido, en ese hotel Ritz del polvillo de origen incierto en el que Cuadro se embadurna de los pies a la cabeza con esencia de citronela para no llevar a la Pepa pulgas de souvenir... en LA CASA, porque la viga,.... todavía no se ha roto.

Ahh !!! Y se me olvidaba la historia Cuarto milenio.

El último día de exploración, tuvo que venir Salva, un licenciado en Bellas Artes, para darse cuenta de que unos huesos que había en la base de un pozo de la Topinoria....       ¡¡ eran humanos !!. El caso es que la gente los vió el año pasado, pero se vé que Salva los tuvo que dibujar mucho en la carrera o yo que sé, y los identificó sin dudarlo: una mandíbula, tres fémures, fragmentos de un cinturón... Con el asesoramiento técnico de Juanillo, se puso la pertinente denuncia en el cuartelillo de la Benemérita, y el lunes después de campaña con la ayuda de Vicent, ahí estaba la Guardia Civil sacando los huesos para llevarlos a la policia ciéntifica. Supongo que nos iremos enterando quien era el desdichado dueño de la osamenta, pero en cualquier caso... descanse en paz.


Como veis, más variada y divertida no ha podido ser la campaña.



El año que viene, si el destino lo permite, yo me apunto. ¿os animais?



Miguel Burri

miércoles, 25 de abril de 2018

El Soplao y el Flash: una historia entrañable


En unos pocos años, y desde que fue habilitada para el turismo en 2005 con la realización de un proyecto de gran envergadura, la cueva del Soplao se ha convertido en una de las cuevas turísticas más importantes de España y uno de los principales reclamos turísticos de Cantabria. Recientemente se ha publicado un libro fotográfico de gran formato sobre la cueva, patrocinado por el Gobierno de Cantabria y realizado por la asociación Espeleofoto. Todo esto nos ha hecho reflexionar y mirar hacia atrás y recordar la apasionante historia entre el Flash y El Soplao. 

En los años 90 fue nuestro compañero Carmelo el impulsor de las visitas a la cueva, y, junto con May, los primeros flasheros que visitaron esta maravilla. Gracias a su interés y al conocimiento que llegó a tener de sus galerías y salas, el resto fuimos conociendo poco a poco sus secretos. En una de las visitas, Carmelo nos adentró en la cueva hasta que en un determinado punto nos dijo: “ahora vais a cerrar los ojos y andar despacito hasta que yo os diga…” Y cuando los abrimos nos encontramos con el famoso “falso techo” delante de nuestros morros, contemplando de sopetón ese espectáculo de cristales blanquísimos y retorcidos…





Nos quedaba por conocer la zona natural del sistema formada por las galerías de Torca Ancha y Torca Juñoso. Cayó en nuestras manos un número del Boletín Cántabro de Espeleología donde aparecía una topografía de ambas torcas, así que un fin de semana decidimos entrar en Torca Ancha. Nos volvió a cautivar esta otra faceta del Soplao, con una entrada un tanto diferente, por una formidable torca oculta en el bosque. Ya en el interior, en una zona próxima a “las galerías del tejo”, no conseguimos conectar con la zona de Torca Juñoso, aparentemente mucho más bella y concrecionada… Para consolarnos, cuando localizamos una galería de mina, pudimos volver hacia el Soplao, siempre espectacular, alcanzando la sala de la “desecación poligonal”, y volviendo a visitar todas las galerías que tanto nos cautivaban. Una vez fuera coincidimos con unos espeleólogos gallegos que nos comentaron que lo mejor hubiera sido haber entrado por Torca Juñoso, y así quedó la frase tantas veces repetida:  “¡Os habéis equivocado de travesía!” (pronúnciese con acento gallego y tono elevado). Así, poco después, durante un verano que parecía invierno, en una de las tournées que solíamos hacer por el norte en vacaciones, conseguimos realizar por fin la travesía entre las dos torcas. Después vinieron más visitas, incorporándose al festival más miembros del grupo que no conocían la cavidad, y quedando todos, como siempre… ¡boquiabiertos!




Cuando en los primeros años 2000 se cerró el Soplao para acometer las obras del “gran proyecto”, aún se podía visitar el ramal de las torcas, con la correspondiente autorización del gobierno de Cantabria a través de la Federación Cántabra de Espeleología. En una de las visitas que realizamos se sentía un intenso olor a gasoil desde la entrada de Torca Juñoso y durante toda la travesía… En 2005 se abrió al turismo la Cueva del Soplao. Y así seguimos disfrutando, aunque añoráramos el Soplao, del recorrido tan variado, original y bellísimo que era entrar por Torca Juñoso y salir por Torca Ancha, o a la inversa, cuando hacíamos dos grupos y nos cruzábamos, cuando nos salíamos del eje de la travesía para visitar también algunas galerías laterales, impresionantes… En una de estas últimas salidas, cuando nos dirigíamos a la sala de “la desecación poligonal”, encontramos una imponente puerta blindada cerrada a cal y canto en la galería del alud, que nos impidió el acceso.




En 2015 la travesía se reequipa gracias a la Federación Cántabra de Espeleología con la colaboración de los clubes Piezo y Viana. Los rumores de que en breve no va a haber que pedir permiso para visitar la mayoría de las cavidades cántabras se confirma en julio de 2017, y Torca Juñoso-Torca Ancha está en la lista de ellas. Pero sin embargo, a finales del mismo año se prohíbe y se cierra el acceso a las dos torcas. Parece ser que esta medida ha sido tomada “por acuerdo del Consejo de Administración de la Sociedad Regional El Soplao, S.L.", empresa pública mixta del Gobierno de Cantabria y las juntas vecinales implicadas, que es la encargada de la gestión de la cueva, y que tiene entre sus fuciones "la gestión, administración, mantenimiento y conservación, vigilancia, investigación, inventario, promoción y comercialización de los bienes y dotaciones inherentes al complejo turístico Cueva El Soplao." Y las causas que argumentan y que han provocado su cierre son “actos de vandalismo para acceder desde esta travesía a las galerías del Soplao, forzando los cierres de la verja de acceso del interior de la cueva en repetidas ocasiones”, y también “substracciones o daños en sensores y recipientes de recogida de muestras de agua que tienen instalados en diversos lugares los investigadores que trabajan en El Soplao”, además de “… aparte de lo que supone desde el punto de vista de la seguridad que personas incontroladas anden por la zona de la cueva habilitada para visita…”




¿Y ahora qué? Los buenos momentos vividos en el Soplao también nos hacen mirar hacia delante… Esperemos que pronto exista la posibilidad de visitar la zona no turística mediante un permiso bien gestionado, como ocurre en otras cavidades, que nos permita de vez en cuando volver a esos espacios que nos cautivaron y que podamos compartirlo con los nuevos flasheros que sólo los conocen a través de nuestro recuerdo. Y en cuanto a la “zona turística”, ¿qué decir? Que nos sentimos afortunados de haberla conocido en estado puro, con nuestras visitas constantes, pero fugaces, con el mimo y la delicadeza que sentíamos y que transmitíamos a cada paso, a cada respiro que dábamos, siendo conscientes de que contemplábamos una obra de arte que era preciso no alterar ni siquiera con el susurro de nuestras voces.

Fotografías: Archivo GE Flash y Mª Ángeles González